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sábado, 26 de febrero de 2011

Paranoid android




Después de correr la cortina, se aceleran las revoluciones. El primer paso en tierra firma es de plena confianza, firme y seguro. El segundo es solo inercia.

Sientes las gotas resbalar por tu cuerpo desnudo.

La adrenalina llega con la maquina de afeitar. La navaja frota tu yugular. Piensas en presionar y sonríes. Luego solo sonríes y ya no sabes porqué.

Cuando la espuma se va por el desagüe empiezas a dudar sobre todo, pero el desodorante te devuelve la confianza en ti. ¡Los bodyspray son los condones del siglo XXI!, piensas. Luego sigues tu camino a paso seguro.

Piensas en usar tu mejor boxer. Lo siguiente es mecánico: los mismos jeans, los mismos zapatos, la camisa nueva que no usas hace mucho tiempo.

Ya estás encaminado y piensas que nada te podrá detener.

jueves, 1 de mayo de 2008

El cuento de los viernes

Esta semana había que escribir sobre un conflicto intergeneracional... aunque mi cuento terminó por otro lado.


Y de pronto, no pude ver más
Nuestra tragedia se hizo evidente cuando mi papá se quedó sin trabajo. Cuando digo “nuestra” me refiero a mi papá y a mí, al resto no le iba a ir mal.

Mi padre solía llegar a las diez. Comía y deambulaba un rato por la casa hasta que caía rendido a su cama. La mañana siguiente se levantaba muy temprano. Nuestra relación se limitaba a un buenos días papá y un beso y un buenas noches papá y un beso. Esta concepción cíclica del tiempo terminó un día en que papá no llegó.

En ese momento pensamos que su tardanza se debía a un exceso de trabajo y no le dimos importancia. A la mañana siguiente, cuando salía con mi hermana para ir a estudiar, nos topamos con papá en la puerta. Tenía la apariencia de haber estado ahí por toda la noche. Solo atinó a decir “hola hijos, buenos días”. Nos quedamos un poco preocupados, pero seguimos nuestro camino.

Papá era una persona adulta, él podía solucionar sus problemas solo. Pese a haberle dedicada su vida al trabajo, era un tipo que sabía divertirse. Era inteligente y divertido, aunque esa faceta suya nosotros no la conocíamos. Sus colegas de trabajo hablaban de él como un compañero bromista. Al parecer tenía un gran sentido del humor. Los fines de semana de vez en cuando salía con mamá. Cambiaba su terno oscuro por camisas rojas y coloridas. Tenía una personalidad incompatible pero así era papá.

A veces le preguntábamos a mamá por qué papá era así. Por qué era divertido y pegajoso con todos menos con sus hijos. Ella nos explicó que pese a que no lo aparentaba, nosotros éramos lo que él más quería. Si era tan trabajador, era porque nos amaba. Pagar nuestra educación y nuestra comida era su manera de compensar su falta de cariño. Trabajaba tanto para que no nos faltase nada, para poder darnos lo que su personalidad no nos podía dar. Nosotros éramos conscientes de que llevábamos una vida sin lujos ni riquezas, pero nuestras necesidades básicas estaban satisfechas; eso se lo agradecíamos mucho.

Cuando volví a casa, mamá nos juntó a todos en la mesa del comedor para darnos la noticia: papá había perdido el trabajo. Yo fui el único que pedí mayores explicaciones, pero papá estaba encerrado en su cuarto y mamá no sabía o no decía más. Mis hermanos eran pequeños, todavía no eran conscientes de lo que esto podría significar. Rebeca con las justas tenía once añitos. Mamá nos dijo que no había de qué alarmarse, pues con lo trabajador que era papá, muy pronto encontraría otro empleo. Pero esta respuesta a mí no me satisfizo.

Esa noche no pude hablar con papá, pero el día siguiente llegué temprano a la casa para poder verlo. Estaba en su cuarto, vestido con una pijama amarrilla. Me sorprendió mucho darme cuenta de que no veía la televisión, más bien escuchaba la radio. En las noches siempre veía la televisión mientras se dormía. Yo pensaba que el prefería ver la televisión que hacerle el amor a mamá. Al parecer todo esto había cambiado, ahora escuchaba la radio.

Me senté en su cama y pregunté: ¿Qué pasó? Él me respondió lo siguiente:
-La vida es así hijo. A veces uno llega a un punto en el cual tiene que ver para atrás y recordar todas las grandes hazañas que hizo en su vida. Por ejemplo, el día en que naciste. No sabes lo que fue. Era muy temprano y tu mamá me levantó por los dolores. Tuve que…-

Así, esa respuesta se convirtió en un monólogo en el cual mi papá empezó a recordar momentos, al parecer importantes, de su vida. No paró de hablar por más de dos horas. Primero el día en que nací, luego cuando aprendí a caminar, cuando nació Rebequita, cuando por su trabajo lo invitaron al Congreso, cuando conoció Estados Unidos, luego cuando nació Dieguito, etc.

No pude más. En un momento dije simplemente: papá, tengo que estudiar. Me fui y no quise voltear a ver su rostro. Me encerré en mi cuarto y pensé toda la noche en papá.

El día siguiente mis clases acabaron temprano así que decidí volver a intentarlo. Fui a hablar con papá. Lo encontré sentado en la sala, solo, fumando un cigarro. Veía unos recortes de periódico muy viejos, amarillos por el paso del tiempo. No los leía, simplemente los miraba muy fijamente como si a través de estos recortes pudiera ver un tiempo que ya nunca iba a regresar. Le dije: hola papá, ¿cómo estas? Él solo levantó la mirada por un instante, no dijo ninguna palabra.

Al ver que seguía viendo sus viejos recortes, quise enfrentarlo. Fui claro y directo. Papá, quiero saber por qué te han echado del trabajo, le dije.

-Ay hijo, son cosas que nunca entenderías. Aún te falta mucho por crecer, algún día aprenderás lo que es la vida…-

Al darme cuenta de que no me tomaba en serio, lo interrumpí diciendo: Papá, ya estoy grande. Ya estoy en la universidad, creo que me lo puedes decir.”

-Recién es tu primer ciclo, tienes mucho por aprender…-

Al ver que una vez más tampoco me tomaba en serio, me puse de pie y me fui.

El viernes no lo vi, mejor dicho, no quise verlo. Cuando llegó el sábado, a media mañana, entró a mi cuarto.

¿Tienes algo que hacer? –me preguntó. Quiero hablar contigo.

Me pidió que fuéramos a dar un paseo. Había colocado un cartel de “se vende” en el carro y quería que la gente lo viera. Además me dijo que tenía algunas cosas que hablar conmigo.

No se porque fui con él si no tenía ganas de hablar con nadie. Tal vez porque era mi papá después de todo. Pese a que nuestra relación nunca había sido de lo mejor, y específicamente ahora no atravesaba su mejor momento, él siempre había cumplido con sus deberes. Pese a no tener una vida de lujos, había podido terminar mi secundaria y ahora estaba en la universidad. Nunca me había faltado comida ni ropa. Del cariño y del amor se había encargado mamá, eso sí.
Medía hora más tarde, ya estábamos solos ante el transito limeño. Me llamó la atención el porque papá conducía tan lento. Además parecía nervioso, hasta se había olvidado que teníamos una conversación pendiente. Doblamos por una avenida que estaba vacía, éramos el único carro transitando por ahí.

En ese momento papá recordó nuestra conversación. Me dijo que si lo habían echado del trabajo era por algo que ni yo ni mamá sabíamos. Desde hace algún tiempo, me iba diciendo, he empezado a…

En ese momento dejé de prestar atención a sus palabras. Papá seguía acelerando y la luz del semáforo estaba en rojo. Ya estábamos muy próximos a él, no íbamos a poder parar. ¡Papá!, grité. Él, al parecer, no se había dado cuenta de nada. Sentí el impacto de un vehículo sobre mi puerta y cerré los ojos.

sábado, 12 de abril de 2008

El cuento de los viernes

Siguiendo la buena costumbre...



Mi mami con cerveza y marihuana


Todo está perfecto. El departamento solo, mi Andreita conmigo, una botella de whisky de doce años que había tomado prestada de mi madre y 100 soles en marihuana. Mi madre va a pasar todo el fin de semana con su hermana en la playa. Yo me salvé de semejante aburrimiento alegando una práctica que debía dar el lunes y que aún me faltaba mucho por estudiar.
-Diiiing- sonó el timbre, cuando todavía faltaban cinco minutos para las diez de la noche.
Puse un disco de Jefferson Airplane en el equipo y fui a abrir la puerta. La impaciencia me hizo abrir sin preguntar quién era. Andrea. El cabello algo despeinado, un polo de los Who y unos jeans muy apretados. Me dio un beso en los labios y caminó directamente hacía el equipo de música para subir un poco el volumen. Nos sentamos en el sofá. Nos besamos. Abrimos la botella de whisky. Nos besamos. Brindamos por nosotros y nos volvimos a besar.
Ya tenía todo preparado. Había armado cinco cigarros y la marihuana restante la había dejado en un cajón dentro de mi cuarto. Después del segundo cigarro tuve que botar la botella de whisky casi llena por la ventana. Fui al refrigerador para buscar algo más refrescante y regrese con seis latas de cerveza bien heladas. Andrea me recibió en el sofá con un apasionado beso que parecía de nunca acabar. Empecé a acariciar su espalda y poco a poco mis manos iban bajando por ella. Nuestra escena romántica se detuvo cuando los dos fuimos a parar al piso. Yo me había golpeado un brazo al caer, pero ella solo empezó a reír, así que supuse que estaba bien. Ella se puso de pie y fue a cambiar la música. Yo fumé. Ya era el cuarto, cada vez tenía la visión más distorsionada. Ella parecía estar bien. Caminaba con algo de dificultad y no dejaba de reír, pero estaba bien. Pensaba en que no había nada mejor que su sonrisa, que ya empezaba a conocer de memoria. Abrí una lata de cerveza, seguí fumando y me senté de nuevo en el sofá esperando que regrese. Había puesto a los Sonic Youth. Era la mejor decisión. Me guiñó un ojo y se lanzó hacia mí. De casualidad empujó el sofá y de nuevo fui a parar al piso, solo que esta vez si me causó un intenso dolor.
Abrí los ojos y vi la cara de mi madre. Parecía algo nerviosa. Me besó tres veces en la frente, puso su cara sobre mi pecho y me abrazó. Su abrazo me producía nauseas. Al parecer se percato de esto y me soltó. Me ayudo a ponerme de pie y me sentó en el sofá. Me preguntó si me sentía bien, le dije que sí. Le dije que tenía mucha sed y me dio mi lata de cerveza. Todo seguía igual: los Sonic, los ceniceros llenos de ceniza, las latas de cerveza sobre la mesa, el último cigarro de los que armé seguía ahí; pero, Andrea había desaparecido. No quise preguntar. Quizás mi madre nos había encontrado y la había echado de la casa. Lo único que sabía era que me sentía muy bien ahí junto a mi madre. Me sentía protegido. Temblaba. Ella me abrazaba y me decía que me calmara, que todo iba a salir bien. Me sentía mal por Andrea, no sabía qué le había pasado, pero no me importaba. En ese momento me sentía indefenso frente a la vida y solo necesitaba a mi madre, Andrea había pasado a un segundo plano para mí. Sentir eso me defraudaba, pero eso era lo que en realidad sentía y no podía hacer más.
Me puse de pie y empecé a caminar hacia el baño. Necesitaba lavarme la cara para sentirme mejor. Mi madre se ofreció a ayudarme pero dije que podía ir solo.
Salí del baño y me sentí como nuevo. De pronto vi que Andrea se paró del sofá y vino hacia mí a preguntarme si ya estaba mejor. No entendía lo que pasaba. Mi madre había desaparecido y ahora era Andrea la que estaba conmigo.
Me tomó de la mano y me llevó a sentarme junto a ella en el sofá. Me dio un beso en los labios y se quedo abrazada a mí. No me soltaba. Se sentía bien, ella era una mujer. Mi madre era mi madre. Pero había algo que mi madre podía darme y Andrea no. Sentía que Andrea estaba tan indefensa como yo y yo no me sentía un hombre como para protegerla de este horrible mundo. No podía con mi vida y menos con la de ella también.
En ese momento me separe de ella bruscamente. Le pedí perdón y ella me respondió que no sabia de que estaba hablando. Le dije que no era lo suficientemente hombre como para estar con ella. Le dije que me sentía indefenso y no era capaz de protegerla. Protegerme de qué, me respondió. La verdad no estaba seguro de lo que estaba hablando pero le dije que ya no quería seguir con ella. Le dije que la quería mucho pero ya no quería estar con ella. Que era lo mejor, alejarse de un cobarde como yo. Se puso de pie y me miró como nunca me había mirado. Había decepción y quizás un poco de odio en esos ojos. Me puse de pie y le di un beso en la boca. Ella me empujó y yo caí al suelo.
Abrí los ojos y mi madre estaba de nuevo conmigo. Era como un súper héroe, siempre estaba en los momentos precisos para salvarme. Siempre estaba ahí cuando yo la necesitaba. Me abrazó muy fuerte. Noté un par de lágrimas en su rostro. Me dijo que todo había salido muy mal esta noche. Se ofreció a llevarme a mi cama para que pueda descansar. Dijo que pasaría toda la noche junto a mí, cuidando mis sueños y que mañana me prepararía un rico desayuno. Yo le respondí con una sonrisa. Le dije que me esperase un momento, que necesitaba fumar ese último cigarro antes de ir a dormir. Me respondió que no había problema. Mi madre era perfecta. Me concedía todo lo que yo pedía y me daba todo sin pedir nada a cambio. Fumé y fumé. Mi madre se acostó sobre mi regazo y me dijo que yo era todavía un niño, pero que ella quería pasar su vida junto a mí. Dándome todo. Dijo que me amaba. Me ayudó a ponerme de pie y empezamos a caminar hacia mi habitación. Ella lo sabía todo. En ese momento lo único que necesitaba era dormir.
-Diiiiing- pude oír el timbre entre las guitarras de Sonic que sonaban desde hacía rato sin perder la armonía.
Le dije que me esperara un momento que yo iba a abrir la puerta. Caminé hacia la puerta esquivando un par de latas de cerveza que yacían sobre el piso y abrí. Era mi madre y me saludo con un beso en la frente.

jueves, 3 de abril de 2008

El cuento de los viernes

A propósito de un taller de narrativa que estoy llevando, pretendo iniciar una bonita costumbre: el cuento de los viernes. Esta semana tenía que meter por algún lado el tema de internet, ese era el requisito.



Papá es mi héroe



Ya estaba todo listo. Había llamado a su mamá para avisar que se quedaría en casa de Renzo toda la tarde. Su pretexto fue un trabajo de geografía. Un mapa gigante quizá. De su papá no había porqué preocuparse. Ni se iba a dar cuenta, a menos que las cosas no salgan como él en el fondo esperaba.
Quería pensar que todo era un invento, que nada de lo que pensaba estaba pasando. Pero tenía las pruebas suficientes. La idea lo atormentaba.
Cuando salió del colegio caminó un par de cuadras esquivando a sus amigos. Quería evitar las preguntas sobre a dónde se dirigía. No le gustaba dar explicaciones. Además, esto era un tema familiar. Era solo entre él y su padre. Ya se sentía todo un hombre y creía ser capaz de encararlo para pedirle explicaciones.
Con esa mentalidad caminó durante media hora. No pensaba en nada más. Esto era su única obligación. Las tareas escolares habían pasado a un segundo plano.
De vez en cuando maldecía a su propia madre por haberlo mandado a buscar las llaves del auto en ese momento. ¿Por qué creyó haberlas dejado en el escritorio si estaban en la cocina?
Antes de llegar al paradero de Javier Prado se aseguró de que no haya algún compañero de colegio por ahí. El terreno estaba vacío. Fue un viaje muy corto, el destino era el Jockey Plaza.
Cruzó el puente de la de Lima y admiró a toda la gente. Él también ya quería ser un universitario. Al bajar, compró un cigarrillo en el kiosco. Ya se sentía todo un hombre, era hora de empezar a fumar.
Repetía la misma escena en su cabeza una y otra ves. Él buscaba las llaves. Su padre estaba en la ducha. Al parecer creía que ya se habían ido. En el monitor se veía un mail: Lunes, 4 pm, Jockey Plaza, Puerta Manuel Olguín. Anda solo. Firmaba una tal Lolita.
El cigarro le sirvió para distraerse por un momento. Frente a él pasó un grupo de chicas, todas parecían iguales. Una le pellizco un cachete y dijo: ¡Qué rico! El pensó: ¡Carajo!
Eran las 3:45, todavía faltaban quince minutos. El mensaje decía: Puerta Manuel Olguín. Caminó un par de cuadras más allá para ocultarse en una sombra.
En ese momento empezó a pensar en su papá y en todos los momentos que habían pasado juntos. Se percató de que en la mayoría de sus recuerdos su padre no estaba solo. Siempre estaba su madre presente. Eran como una familia perfecta. No podían vivir el uno sin el otro. Se querían. Se amaban. No entendía porqué ahora todo parecía venirse abajo. No entendía porque su padre hacía esto.
Faltaban todavía dos minutos, su padre apareció en la escena. Parecía nervioso, eso lo delataba aún más. Estaba intranquilo, iba de un lado a otro. Fumaba.
A las 4:01 apareció un carro negro. Las lunas eran oscuras y obligaron a Oscar a acercarse un poco más. El vehículo se detuvo unos cuantos metros más allá del lugar pactado.
La luna del asiento posterior bajó lentamente. Él no distinguió el rostro, pero una mano con rasgos femeninos fue su confirmación. Empezó a correr. Quiso alcanzar a su padre y así fue. Ambos llegaron juntos a la escena del crimen. Oscar no entendía porque su padre se lanzó sobre él, lo abrazó y lo lanzó al suelo. Solo sintió golpes, ruidos escalofriantes y un chillido de llantas. Después vino la bulla, la muchedumbre y la sangre. Sangre por todos lados. El cuerpo de su padre lo abrazaba ya sin vida.